¿Cómo le enseño a mi hijo a "ser bueno"?


Muchas madres y padres se suelen preocupar por sus hijos y su desarrollo moral. A veces al verlos tener malas actitudes, se preguntan si es que será que no son buenos chicos, a lo cual suele secundarle la pregunta por cómo lo estarán haciendo en su labor como padres. ¿Cómo se desarrolla la capacidad de hacer el bien en un niño? ¿Debo enseñarle a ser bueno a mi hijo? Si es así, ¿cómo sé que lo estoy haciendo bien? 


En todo niño existen la capacidad innata de un desarrollo moral adecuado, es decir, que todo niño trae consigo la capacidad de ser un buen niño, con lo cual nuestra tarea como padres más que enseñar, se trata de acompañarlos para que ellos puedan desarrollar esa tendencia que traen consigo.

En ese sentido, si bien el bebé al llegar al mundo depende casi absolutamente de nosotros para subsistir, su capacidad para diferenciar el bien del mal viene con él. Pero sí necesita que quienes lo rodean le provean el marco que le permita desarrollar su propio proceso de maduración al respecto.

Para que esta predisposición innata se desarrolle en nuestros hijos, éste debe contar con un ambiente que se lo facilite. Ese ambiente consta principalmente de:
  • La presencia de un adulto que le provea cuidados.
  • Un adulto que se muestre confiable y estable.
  • Un adulto que se adapte activamente a sus necesidades:
    • Físicas: cuidados corporales, movilidad, cariño. 
    • De afecto: que le brinden amor, le den espacio para la expresión de sus emociones y su regulación. 
    • De jugar: tener momentos prioritarios de juego libre y en conjunto. 
El niño irá incorporando “el hacer bien” y “hacer mal” desde las acciones en general que ve en sus cuidadores, y principalmente desde el actuar de ellos hacia él. Por eso, si uno está atento a sus necesidades, él sentirá que tiene una madre que lo acepta, lo cuida y lo hace sentir bien, e irá creando una especie de “madre buena interna” que guiará su actuar, a modo de brújula moral.

“Si todo anda bien, lo que deberá usted hacer es proveerle un marco confiable en que el niño pueda descubrir, tarde o temprano, su propio interés en cooperar, en comprender su punto de vista y adoptar sus ideas sobre el bien y el mal.”
(Donald Winnicott, 1994. Psicoanalista y pediatra inglés)

Si estamos presentes, atentos, amamos y somos buenos con nuestro hijo, todo debería andar bien y él debería desarrollar una moralidad propia y adecuada. Él se irá sintiendo bien consigo mismo desde los tratos que recibe de nosotros y así irá incorporando ese saber hacer el bien y lo replicará, sin necesidad de mayor instrucción al respecto. En otras palabras, si el niño -que viene con su capacidad innata a ser moralmente bueno- tiene padres que lo hacen sentir seguro, aceptado, amado, cuidado, él podrá ir siguiendo esa misma brújula y aceptar, amar y cuidar.

Un ejemplo. Nuestro niño se desregula emocionalmente, tiene una llamada “pataleta” porque no lo dejamos salir a jugar al patio. A pesar del cansancio que vivimos, logramos conectar con él, lo ayudamos a calmarse y validamos su emoción de rabia y frustración, le ponemos un límite claro de que no se puede, pero le explicamos por qué y buscamos otras alternativas que sí se pueden.

Con esto lo estamos ayudando a buscar mejores formas de accionar, y él podrá interiorizar ese modo en que “hicimos el bien” con él; la capacidad de ser respetuoso, estar atento a las necesidades del otro, de ponerse en su lugar, de escuchar y hacer un intento por comprender, de acompañar a quienes queremos aunque lo estén pasando mal, ayudar a otros a “pararse”, entre tanto más. 
 
Es desde cómo actuamos con él y cómo lo criamos de manera atenta y respetuosa, que le permitiremos desarrollar sus potencialidades, entre las cuales se encuentra la de la moralidad. Esto no quiere decir que si nos equivocamos un día, y alzamos la voz o nos desregulamos, nuestro hijo no desarrollará una moral suficiente, pues esto tiene que ver con el marco general que le ofrecemos para ser quién es. Pero sí es un ejercicio recomendable recordar ponernos en su lugar y pensar cómo lo estamos haciendo sentir con nuestras acciones, y si algo creemos que no está del todo bien, disculparnos y buscar nuevas formas de accionar juntos.

Por otro lado, dentro del marco de una crianza a favor de su sentir, de su desarrollo y sus potencialidades, es importante estar atentos a lo que ellos nos muestran, y reflexionar sobre nuestra propia moralidad cuando sea necesario. A medida que ellos van creciendo y junto a ello van desarrollando su propia moral, en muchas ocasiones nos harán ver con sus acciones o sus palabras que lo que a nosotros nos parece bien puede ser cuestionable.

Otro ejemplo. A nuestro hijo, para su cumpleaños, una tía con la cual no se lleva muy bien le regala algo que no le gustó, y nosotros le pedimos que le dé las gracias y él se resiste, lo cual deriva en conflicto. Algunas preguntas que nos podría él hacer o nosotros mismos podríamos reflexionar al respecto; ¿por qué tendría que darle las gracias si no se siente agradecido?, ¿debe mentir para hacer sentir bien a otro?, ¿eso cuenta incluso con quien no nos hace sentir bien a nosotros? Si tiene que igualmente dar las gracias o no, dependerá de cada familia, pero más que la solución es importante reflexionar sobre lo que nos preguntan y muestran, para ir entendiendo por dónde y cómo van desarrollando su propia moralidad.

Concluyendo, el niño viene con una capacidad innata de desarrollo moral. Pero necesita que estemos ahí y le proveamos de un marco cuidado y respetuoso para poder desarrollarlo. Esa moralidad que desarrolla es propia, y no de otro. Eso quiere decir que muchas veces irá transitando distintos caminos para llegar a lo que realmente él siente que es correcto, y eso puede no coincidir al cien por ciento con lo que nosotros creemos. En la mayoría de los casos, está bien y es saludable, pues habla de que su proceso de subjetivación ha sido permitido por sus padres, es decir, que sus padres le han brindado amor y cuidados suficientes como para permitirse desarrollar sus potencialidades (en este caso moral) y ser quién es él. 

Joan Black D.
Psicóloga Clínica
Especialista en psicoterapia

¿Han pensado cómo su actuar repercute en cómo es él con los demás? ¿Han podido mirar cómo se va desarrollando este proceso en su hijo? ¿Es algo que les preocupa como padres? ¿Cómo lo han resuelto?

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